jueves, 23 de julio de 2009

Uno de Finisterra


La ciudad



¿Quién no siente el peso del espacio
traspasado por todos los vientos del regreso?



I

intento una ciudad / cierra tus labios
imagina suficientemente claro que te nombro
que conduzco tu piel hasta la acera / puedes verla
buscamos una noche y aparecen dos lunas / borremos la primera
perfectamente logras distinguir el suelo
frío y de piedra como las multitudes
poco a poco se disipa nuestra niebla
bailan nuestras luciérnagas
se besan nuestras calles como hadas
ahora nuestras manos
un niño en un pañuelo
un poste un aeroplano
un grito un restaurante una familia
un parque una ventana las abejas
un poema una novia el carcelero
la memoria un silbido cuatro perros
tu dios en esa esquina
las guitarras en mi talón derecho
la mar transida en saledades turbias
lo comprendes ahora y debes irte
te vuelves te disuelves / mírame
desdibujas y surcas / llórame
respiras nuestra póstuma palabra olvídame
déjame tu silencio
dame la espalda para que yo florezca
la ciudad que has creado (A)

II

Dijeron que ahí siempre habría perros
y que la lluvia era cosa triste.
También decían que las respuestas
serían como pechos misericordiosos….

Ellos, los de las voces,
insistieron en que también nosotros comiéramos de ella….

Desde entonces
sólo atinamos a inventarnos su murmullo,
el de ellos, los de las voces.
Y se rascan las culpas cerca de nuestros rostros,
y se les escucha cómo van y vienen
y vienen y se vuelven a ir.
Y nos quedamos viendo, viendo muchas veces,
los ejércitos:

un ejército de taxis,
un ejército de pájaros,
un ejército de lunas muy llenas (lunas con sobrepeso),
un ejército de santos (para vivir aquí se necesita al menos uno).

Y cuando por fin nos hayamos cansado de ver,
imitaremos al pájaro negro,
defenderemos casi gritando, casi buscando,
un lugar en medio de esta ciudad.

Entonces, abriremos las alas. (L)

III

Como la hora se abre en el reloj
Se abre la boca en el viento.
El viento que construye los desiertos,
que construye de polvo que somos
este camino de días sin retorno.
Viento, trae murmullos con origen de cerros
porque allí nacen las sorpresas.
De allá baja la vida para despertar a los muertos,
de allá le viene la tormenta y el rayo hirvientes
de la tarde a este lago de rostros.
¿Por qué no hablas, piedra de agua dormida?
¿Por qué no gritas ese dolor de pisadas,
esa larva de esquirlas reventándote los hombres?

Sí, de allá bajan los secretos,
baja el silencio por la noche
para encontrar el último cansancio
en el rostro de las estrellas,
porque también hay esquirlas en el corazón
de las estrellas.

Ah, Ciudad, lo que viene a dejarte el viento
sin olvidar sus desiertos. (Y)

IV

Descubro la quietud
de la ciudad embalsamada

Ahora todos
estamos muertos
Nos confundimos
Nos dejamos
las pieles
al amparo
del recuerdo

Somos el obrero sin nombre

Entre altos edificios
y sueños más largos
que las calles
que no transitamos
Buscaremos en el otro
el museo o el templo
cerrados
Intuiremos
a fuerza de banal aliento
que la ciudad
es la esclava
que tortura al verdugo
Que la ciudad
no es otra cosa
que un abismo
tan de saturados rostros lleno
Tan frío
como la muerte que llega
Recordándonos
Que siempre estamos vivos (N)

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